ISSN 0120-0216
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La investigación histórica con expresión literaria, en la obra de Juan-Luis Mejía, es un tejido de saber y de poesía. Personalidad desde temprano con ejercicio en cuestiones de indagación y en el servicio público, con calificado desempeño en la educación y en la cultura. Su hoja de vida combina los ajetreos de investigador y de dirigente de instituciones de Estado y privadas. Ahora su libro “El hilo que teje la vida – Aproximación a la vida cultural en Antioquia y Medellín, 1820-1940”, además de la belleza editorial, como producto de la Universidad EAFIT, es un compendio de sus sesudas investigaciones, con referencias precisas y escritura amable. Ensayos de categoría que rubrican la condición de autor como Académico de las Letras y de la Historia.

Hay dos preciosas referencias de sentido metafórico, en ese espíritu de Juan-Luis por articular la cultura en sus diversas manifestaciones. Recuerda lo escuchado a un chamán de la comunidad Shuar: “La cultura es el hilo que teje la vida”. Y por otra parte, lo expresado por Javier Arango-Ferrer (recordado MD y escritor de acertada visión crítica en la literatura colombiana, con asombrosa capacidad de síntesis): “Cultura es embellecer lo cotidiano”. Dos referentes que enmarcan la dimensión del trabajo del autor.

Estudia los procesos y consecuencias de la fiebre minera que atrajo a europeos, en especial ingleses y suecos, también franceses y alemanes, para hacerse a las riquezas del oro, la plata y el platino, en explotaciones de aluvión, de socavones y en el mazamorreo . Refiere las transformaciones sociales por la influencia de los europeos, con paso de la artesanía más elemental a técnicas asociativas y de mayor producción. Procesos que permite aclimatar formas culturales, como la referencia a Anorí, población que en el siglo XIX fue importante centro económico y cultural, donde se registra la curiosidad de lugareños por la lectura de autores como D’ Annunzio, Nietzsche, Rodó y en especial Vargas-Vila, el favorito. Población que también fue cuna de valiosas personalidades: Pedro-Nel Gómez, muralista, Guillermo Angulo, fotógrafo/cineasta; de los escritores Darío Ruiz-Gómez, Julio Posada, Pablo-Emilio Restrepo (León Zafir), Luis-Felipe Osorio.

Ese capítulo primero responde a una minuciosa pesquisa del surgimiento de la minería, con las consecuencias en la formación de escuela, con talleres diversificados en artesanía, artes y letras, incluso con la creación de la Escuela de Minas. Se apoya en testimonios de obras de Tomás Carrasquilla, en especial de la autobiografía novelada “Hace tiempos” y de “La marquesa de Yolombó”, con las audacias, dramas y violencia propios de esa aventura por la codicia, para desentrañar en las condiciones de los mineros los mitos, las costumbres, las penalidades, los amuletos de protección. Hace el parangón entre la condición de los mineros en la región paisa y los de un poco más al sur, con Supía, Marmato, Mariquita y Riosucio. En Antioquia la observación de los técnicos extranjeros resaltó la calidad de la mano de obra, por sus habilidades y la actitud para el trabajo, en especial de negros libres. Y acerca de ocho mineros alemanes que llegaron en 1788, Alexander von Humboldt en su paso por Mariquita se refirió a ellos como “hombres primitivos, apenas capaces de trabajar en los socavones.” De uno de ellos Juan-Luis recuerda que su apellido “Bärth”, en las minas de Quiebralomo los habitantes lo pronunciaban como “Bayer”, con herederos de este apellido en los departamentos de Caldas y Risaralda.

Recurre a múltiples autores, en medios diversos, para configurar esa historia de la minería en Antioquia. Recuerda la llegada en 1826 del sueco Carlos Segismundo von Greiff, cabeza de importante dinastía en Colombia de académicos, científicos, escritores. E historia el arribo de los ingleses quienes al igual que los suecos tenían intereses comerciales, estos con apoyo en las Antillas. Acude a las Memorias de Jean Baptiste Boussingault para identificar a San Antonio, patrono de los mineros, cuando el explorador arribó a Buriticá. Detalle que me lleva a consultar los “Recuerdos de la Nueva Granada” de Pierre d’Espagnat (1868-1902), quien recorrió Colombia con intensidad y pasión entre 1897 y 1898, obra traducida y publicada gracias a la gestión de Germán Arciniegas, como Ministro de Educación Nacional (Ed. Biblioteca Popular de Cultura Colombiana, Bogotá 1942). Allí en el capítulo IV, dedica bellas páginas a Los Andes del oro, y encuentro en él la alusión a las gentes de Antioquia: “Raza (sic) de mineros y de comerciantes, descendientes, sin género alguno de duda, de las colonias judías trasplantadas por los españoles al Nuevo Mundo, el pueblo antioqueño vive un poco como extranjero, casi aparte, en el país de los Césares y de los Robledos, retraído y sintiéndose superior al término medio colombiano y añora su antigua soberanía de Estado.”

En contraste con esta aseveración está lo expuesto por el investigador Francisco de Abrisqueta en su libro “Vascos en Colombia” (Ed. Oveja Negra, Bogotá 1985), quien dice: “Vinieron de todo el País Vasco y se diseminaron en todo el País Colombiano. Hay extensiones y núcleos en la geografía de la Nueva Granada y de la República, que ofrecen densidades mayores de familias raizales vascas. Es el caso, tan discutido de la vieja Antioquia, porque en la montaña florecieron más de 200 apellidos y hogares que participan con otros de origen español, entre ellos un número insignificante cuantitativamente de judíos conversos (nadie ha señalado más de media docena de apellidos de cristianos nuevos antioqueños) a marcar la idiosincrasia antioqueña. Eso del espíritu emprendedor, andariego, fundador, industrioso; eso de la palabra empeñada y la afición al juego; y, sobre todo, la religiosidad, la consistencia de la familia y la alta natalidad, y el empeño autonomista en un marco de montañas pobres y subsuelo rico, es, exactamente, la descripción real que viajeros, sociólogos y antropólogos han hecho del pueblo vasco. Bastaría releerle a Guillermo Humboldt, quien visitaba el País Vasco y lo describía en las mismas fechas que recorría y narraba a la Nueva Granada su hermano Alejandro.” (pp. 28 y 33)

Y más adelante agrega: “Es bajísimo el impacto de la raza (sic) judía en Antioquia”. (p. 33)

Por otra parte, se tiene conocimiento de ser Antioquia una de las regiones con mayor concentración de descendientes vascos en el mundo. Se estima que es del orden del 40% de la población. Y en Colombia se dispone de unos 3.500 apellidos vascos, provenientes de las sucesivas migraciones.

Asimismo, significativa esta referencia del libro “Los vascos en Antioquia durante el reinado de los Asturias (1510-1700)”, de José-Alejandro Ricaurte C. :

“La presencia de vascos en el territorio histórico antioqueño se produjo en fechas tempranas (1510), cuando este colectivo vino inserto dentro del total de europeos que participaron en las campañas de exploración y poblamiento de la masa continental suramericana… ///… queda demostrado que los vascos fueron, dentro del conjunto de europeos, un grupo de gran participación e influencia en territorio histórico antioqueño. Este colectivo presentó una integración y adaptación social privilegiada en la región, ya que lograron vincularse fácilmente en los círculos de poder, ocupando una destacada posición social, formando familias prestigiosas e influyentes en los ámbitos político, religioso y económico de la sociedad Antioqueña.” (Ref.: Ed. CEVA – Centro de Cultura Vasca Gure Mendietakoak, Medellín, s.f.; pp. 249, 250)

*

En los capítulos siguientes Juan-Luis indaga en la historia, con solvencia de investigador, temas del paso de la Colonia a la República, en los patrones mentales de evolución y cambio; las concepciones de civilización y progreso, en las generaciones descendientes de los mineros, con oportunidades de estudio, incluso en Europa; se propone también dar sentido y cimiento a la identidad antioqueña. Se ocupa en un paréntesis de la última década del siglo XIX, floreciente en expresiones de la literatura y el arte, en la antesala de la guerra de los Mil días, para pasar a renglón seguido a ocuparse de las consecuencias en Antioquia de este tremendo conflicto armado, con efectos de crisis en la economía y en lo social. Continúa en ocuparse de los centenarios de las independencias de Colombia y Antioquia (1910 y 1913), con el apogeo también del pintor Francisco A. Cano, y del grupo de la revista Panida. Y no olvida el papel de la mujer en las diversas expresiones de la Cultura, con líderes sociales como María Cano y Bestsabé Espinal, y la participación calificada de mujeres en las revistas Cyrano y Letras y Encajes.

Concluye con estudio en especial las expresiones en los años 30 del siglo pasado, correspondiente al período conocido como “República Liberal”, con manifestaciones en obras literarias de César Uribe-Piedrahita, de los pintores Débora Arango, Pedro-Nel Gómez y Carlos Correa, del fotógrafo Jorge Obando, con obras del protagonismo en movilizaciones sociales. Observa que a partir de los años cuarenta Medellín se consolida en sus derroteros sociales, culturales, políticos y urbanos con crecimiento de complejidad.

Esta obra monumental de Juan-Luis Mejía es la más insigne expresión de la llamada “antioqueñidad”, con sustento en expresiones de progresivo y alto nivel en las diversas manifestaciones de la Cultura, con desarrollo significativo de la economía, en formas industriales que consolidan con el tiempo el llamado Sindicato o Grupo Antioqueño de empresarios, con los antecedentes estudiados en el libro de la minería, el ferrocarril de Antioquia y el café, con los impactos bienhechores en la literatura y las artes.

Magno trabajo, que de seguro tendrá repercusiones en la tarea de historiadores, y deseable con galardones en ferias internacionales del libro.

 

[Versión más amplia de artículo en “La Patria”, 10.III.2024;  p. 18]

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