ISSN 0120-0216
Resolución No. 00781
Mingobierno

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Mundos de la cultura son todos los trascurridos desde los tiempos más remotos, con sucesión de parcelas humanas, en territorios y en condiciones grupales. Unos se asientan en un lugar, otros en otros, y surgen condiciones en diversas formas de vida y de convivencia. Con la palabra afloran convicciones y creencias, con creciente maraña de artilugios en castas, por el dominio y la producción. Se sobrevive a tientas, y surgen unos más avispados con capacidad de tener preponderancia sobre los otros. Aparecen los relatos, las leyendas, los mitos, las narraciones orales que se transmiten hasta el surgimiento de formas de escritura que se multiplican en pergaminos, trabajo de copistas, y con asombro irrumpen los libros que pueden registrar y reproducir en múltiples ejemplares los mismos textos. Son la memoria.

En ese proceso aparecen los escritores, los intelectuales, los artistas, los enseñantes,… Y la Cultura toma cuerpo de complejidad, con desarrollos en múltiples formas. De por medio, las conversaciones, los diálogos, los debates.  Unos se afianzan en unas convicciones, otros en creencias distintas. Aparece el fanatismo y la polarización, con encuentros de beligerancia, y las guerras. A su vez, los armamentos tienen especial atención para el continuo desarrollo, hasta montar industrias con intereses en el dominio económico e ideológico. En esas continuamos, con el agravamiento en la proliferación de ojivas nucleares, apostadas por todo lugar, en mares y territorios, con intimidación de unos y otros, a partir de los siniestros de Hiroshima y Nagasaki.

En ese historial por fortuna asoman personalidades asombrosas, asidas en los conocimientos, explorados, desarrollados, como guías para el mejor asidero de las generaciones sucesivas. La Grecia Clásica es un portento que sigue palpitando pasados los siglos como referente en la ciencia, el arte y el pensamiento. Hay autores contemporáneos apuntalados en aquella época, como Emilio Lledó e Irene Vallejo, entre otros, que imparten sostenidas lecciones en libros, conferencias, clases en instituciones educativas. Se trata del cuidado de la memoria que arrope el presente en continuidad, con esperanza en mejores tiempos en las sociedades, así las identidades en naciones-estado, conlleven polarizaciones seducidas por los atractivos del poder y del dinero, con la eterna disputa por los recursos naturales. La enemistad carcome las opciones de solidaridad y cooperación.

El libro es el referente y refugio, en sus diversas formas, con la avanzada de los medios digitales. Y siguen tan campantes en nuestros días Sócrates, Platón, Aristóteles, los presocráticos, los estoicos,… Montaigne, Spinoza, Alfonso Reyes… Los libros y las bibliotecas son fortines de la Cultura, de permanente convocatoria por el saber y el compartir, con educación y esperanza. Y en globalidad la Cultura, invento humano, se ocupa de formar la mente, con puntales de principios que deberían considerarse esenciales: la solidaridad, la filantropía, la verdad, el bien, la amistad, la belleza, la justicia, la compasión, la capacidad de pensar con información y libertad (el librepensamiento), amor a la vida propia y de la naturaleza.  

Emilio Lledó identifica el conocimiento como unión verdadera, y a su vez lo que desune implica construir sobre el disimulo y la ignorancia; y la desmemoria es especie de Alzheimer colectivo, mucho peor que el individual.  De ahí que la educación sea lo fundamental e ineludible para la formación integral de las personas y de la sociedad, pero en sistemas políticos e ideológicos suele despreciarse esa generalización, con el propósito funesto de seducir y cautivar a las gentes, por el temor y por las emociones espontáneas y de simulación. Se trata de la psicología de las masas, con atracción por los discursos de énfasis y distractivos de las verdades; predominio del sentimiento sobre la razón y los argumentos.

Queda la ilusión de formar docentes con actitud seductora por el conocimiento, con capacidad de motivación por la inquietud, la duda,  la serenidad y la reflexión, de tal modo que en la educación puedan formarse personas entrenadas para el permanente ejercicio, personal, de la meditación ilustrada, con capacidad de formar opiniones y juicios, en plena libertad, sin el recurso de la demagogia. Y en general, aprovechar la cultura en su capacidad educadora, de transformación, portadora de esperanza.

En síntesis, se trata de disponer del lenguaje en los libros y en los diálogos, con sentido de examinar las experiencias y motivar los desarrollos creativos en ciencia, técnica, arte y humanismo. Y, ahí, la poesía, una constante singular que devela en libertad los sentimientos, los deseos, las ambiciones, incluso los pormenores de las vidas, los conflictos, las frustraciones, todo lo posible en la imaginación.

 “Muchacho, no todo se ha perdido. Nos quedan las palabras. Todas las palabras.”

  

[“La Patria”, domingo 10.XII.2023]

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