Todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio presupone un pasado que los interlocutores comparten; ¿cómo transmitir a los otros el nfinito Aleph, que mi temerosa memoria apenas abarca? Los místicos, en análogo trance, prodigan los emblemas: para significar la divinidad, un persa habla de un pájaro que de algún modo es todos los pájaros; Alanus de Insulis, de una esfera cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna; Ezequiel, de un ángel de cuatro caras que a un tiempo se dirige al oriente y al occidente, al norte y al sur. (No en vano rememoro esas inconcebibles analogías; alguna relación tienen con el Aleph).
Jorge-Luis Borges. El Aleph
Lo existente tiene su principio u origen, así en el comienzo de todo haya misterio. Al darse el lenguaje hablado como forma de comunicación, la expresión que cautivó maneras del decir y de interrelacionar fue la poesía. La Ilíada y la Odisea quizá sean los testimonios más valederos. Y los mitos de todas las culturas contribuyen a la comprensión de las causas y de los efectos, para esclarecer los nexos entre las leyendas y la realidad. La tarea ha sido educar, formar investigadores e indagar sobre el pasado y el presente, en todos los campos. Surgieron las ciencias de una matriz común, bajo las preguntas del por qué y el para qué. Luego fueron abriéndose las disciplinas y se ha llegado a especialidades múltiples, en ocasiones sin conexión entre ellas. De ahí la necesidad de fortalecer la educación que estimule las relaciones entre conocimientos, con sentido de complementariedad, para enriquecer una visión integradora del mundo.
Surgen entonces problemas como la distinción entre “saber” y “creer”. Al respecto, Sócrates indaga a Georgias: “¿Te parece que saber y creer, la ciencia y la creencia, son la misma cosa o dos desiguales? Georgias responde con acierto, en que son desiguales, lo que Sócrates celebra. Este vuelve a preguntarle: “¿Hay una creencia verdadera y una falsa?”, con respuesta afirmativa. Y continúa el interrogatorio: “¿Y hay también una ciencia falsa y una verdadera?”; la respuesta es no. Sócrates concluye: “Entonces es evidente que creer y saber no son la misma cosa.” (Georgias o de la Retórica. Platón, Diálogos; Ed. Brontes, Colección Fontana. Barcelona 2018; p. 52)
En este análisis Sócrates introduce la idea de “persuasión”, para establecer que hay dos tipos de individuos: los que saben y los que creen. Los que creen están persuadidos sin la ciencia, y los que saben su conocimiento está persuadido por la ciencia. (Ib.)
De este modo se introduce en la historia de la cultura la trascendencia de la razón, que acuna la ciencia, con procedimientos de indagación bajo supuestos teóricos y observaciones experimentales. La Naturaleza tiene en la ciencia asidero para expresarse en formulaciones de persuasión. Pasados los tiempos surgen colosos que contribuyen con indagaciones y argumentos a explicar fenómenos de la Naturaleza. Algunos rompen con las creencias y son sacrificados. Pero el conocimiento se desarrolla y tiene asidero en las mentes más inquisitivas y en las instituciones de educación, con formas activas. Sus obras testimonian los hallazgos. Y la cadena sigue en desarrollo de modalidades para la investigación, con sistemas teóricos y técnicos apropiados.
En ese proceso incontenible irrumpen personalidades como Albert Einstein y Bertrand Russell, entre otros, con apego al conocimiento más integrador, con elementos de la matemática, la física, la filosofía, la antropología, la sociología, la historia, incluso de la política. Y en tiempos más actuales, Rita Levi-Montalcini, Edward O. Wilson, Richard Dawkins, participan de los debates más cruciales para intentar la preeminencia de la razón sobre las pasiones o las creencias dogmáticas, excluyentes, que ocasionan las guerras y operaciones de exterminio de los “otros”, por “diferentes”.
En la historia universal de la Cultura no es posible pasar de largo frente a una personalidad como Leonardo da Vinci (1452-1519), emblemática en grado mayor por la convergencia de conocimientos y realizaciones, en la ligazón de ciencia-arte-conocimiento. Nada del saber le era ajeno. Su afán de indagar por la razón de lo existente y por el sentido de los comportamientos en la naturaleza, siempre asombrado por esta. Mantuvo viva la permanente motivación por el estudio de los elementos que le eran necesarios para cumplir sus ambiciones; esto lo llevó a realizar estudios de anatomía, de óptica y de la luz, de hidráulica, de mecánica, de arquitectura, de botánica, de paleontología… Además de poeta, músico, escultor, filósofo, urbanista, autodidacta que llegó incluso a incursionar en la matemática para poder desarrollar explicaciones en las maneras de manifestarse el agua y el viento, el vuelo de las aves. Innovador total, creador e inventor de aparatos, anticipándose a los desarrollos de la ingeniería y de la técnica en general.

En pintura lo representan obras magistrales, perennes, como la Mona Lisa y la Última cena. El Hombre de Vitruvio es la más evidente simbiosis de arte y ciencia. En síntesis, se le ha reconocido como un polímata del Renacimiento, con impacto duradero en los tiempos que corren.
Nuestros académicos, artistas, científicos y pensadores más notables no son ajenos a su influencia.
Con motivo de escudriñar en la nómina histórica de académicos en la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, se ocurre destacar personalidades con recia formación en determinados campos del conocimiento, pero con saberes incorporados provenientes de disciplinas del arte y el humanismo. Están los casos de Enrique Pérez-Arbeláez (botánico, con estudios en culturas y lenguas clásicas y modernas), Luis Eduardo Mora-Osejo (botánico, con aplicaciones en la integración del conocimiento en instituciones de educación superior), Santiago Díaz-Piedrahita (botánico, con arraigo en la historia y la literatura), Jorge Arias de Greiff (astrónomo, cosmógrafo, musicólogo de refinados y multiplicadores conocimientos), Michel Hermelin (geólogo, pionero en la geología ambiental,con aplicaciones en la historia regional y traductor en la literatura) y Guillermo Páramo-Rocha (antropólogo, dibujante/pintor/restaurador, entomólogo, lógico-matemático, letrado en poesía, cine, historia y pensamiento).

En su orden, de arriba abajo y de izquierda a derecha: Galileo, Sócrates, Albert Einstein,
Bertrand Russell; Rita Levi-Montalcini, Manuel Ancízar y Carátula de libro,
Richard Dawkins, Edward O. Wilson; Jorge Arias de Greiff, Michel Hermelin,
Guillermo Páramo y Santiago Díaz-Piedrahita
Con los antecedentes notables en la ciencia y el humanismo se encuentran personalidades como Manuel Ancízar, con su Peregrinación de Alpha, testimonio del pensamiento colombiano en el siglo XIX, e instituciones de convergencia como la Expedición Botánica en el siglo XVIII y la Comisión Corográfica en el siglo XIX, creadoras de instituciones y forjadoras de conocimientos bajo el criterio de la comprensión unitaria.
Una conclusión se advierte en este corto escrito: ciencia, técnica, arte y humanismo no son espacios del conocimiento compartimentados. Tienen una vocación de entrelazamiento por reconquistar en procesos de educación, para el bienestar espiritual y en la construcción de una sociedad propicia al debate constructivo y al sosiego en estado permanente de creación. Poesía y filosofía, están ahí.
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Nota: Corresponde a publicación en el volumen de los 85 Años de la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales: "Ciencia, Humanismo y Nación"; Ed. Universidad Nacional de Colombia & ACCEFYN, Bogotá 2021

