El caso de Adriana Hoyos es el de una infancia entre dos orillas que la sitúa en ese espacio, al parecer, sin arraigo donde acaso se presiente con mayor rigor la levedad del ser, lo que mantiene el espíritu en inquietud constante y parece responder positivamente a la ingravidez de nuestro ser en el universo. La mirada desobediente, título de este poemario, nos da algunas pistas sobre la actitud vital de esta poeta: al fin y al cabo toda poética acaba siendo una ética, es decir, una forma de ver y de mirar el mundo.
No mirar atrás, ordenó Yahveh a Lot y su familia cuando les permitió huir de Sodoma. Pero Edith, que así se llamaba la mujer de Lot, le desobedeció. En castigo a su curiosidad, ese dios severo la convirtió en una estatua de sal. Del mismo modo, la mirada desobediente es un desacato a las normas y usos sociales que advierten sobre el peligro que espera a los curiosos. Lo paradójico de estos mandatos divinos es que sin la curiosidad no habríamos descubierto otros mundos. Por tanto, tendríamos que rendir culto a la desobediencia si pensamos en Alicia explorando lo fantástico de una realidad tabú para las personas sensatas.

Dividido en cuatro partes: Descripción del pueblo, El destino a cada paso, La vida a sorbos y Entre la palabra y el olvido, este poemario supone un viaje al interior del ser, una búsqueda de sentido a la trayectoria de alguien que se ha visto forzada a convivir con el otro como extrañada y ajena. Podemos imaginar la llegada de esta niña a aquel pueblo llamado Sabadell donde el destino la colocó. De no haber sido por la música hubiera perecido entre aquellas criaturas para quienes lo distinto es siempre inquietante. La vemos avanzar entre gentes que, poco a poco, va conquistando para su causa, no sin esfuerzo: la dificultad de ser donde no te han visto nacer. Presentimos el diario vivir, con la paciencia del felino, a la espera de una oportunidad que se asoma como estrella en el firmamento. Encontramos a esta persona en un recodo del camino rescatando del olvido las palabras enterradas como un tesoro en la memoria.
Si todo poemario surge de las preguntas que asedian al poeta, este no pretende dar respuestas, sino explorar el universo con la mirada. De hecho, se cierra con otra pregunta que da título al último poema: “¿De dónde vienes?” Es esta una pregunta esencial que encierra nuestra condición presente de desplazamientos, de fronteras invisibles y de alambradas: “¿De dónde vienes oh ser extraviado /Que cruzas esta vida roto/ Burlado por el destino / Como un nómada del tiempo?”, que indaga en la propia identidad, el lugar del origen, la aventura y el riesgo que entrañan los viajes, ya que podemos perdernos en el camino o rompernos en la caída. Sujetos a los caprichos del destino seguimos el guión dado, tal es nuestra condición nómada.
Pero no se puede pasar por alto la relación de Adriana Hoyos con la música y el papel que juega en su poesía. Como señala Jaime D. Parra en su excelente prólogo a este libro, luz y sonido constituyen su cosmos, que surge “…ya de la música, como de una revuelta del aire, y de la luz, como símbolo creador”. Y es que las fronteras entre la prosa y la poesía son difusas, pues la literatura es, ante todo, una cuestión de oído. Mirar y escuchar son virtudes de ciertas criaturas privilegiadas. La música de la poesía, para Eliot, tan presente en estos poemas, sería una música latente en el lenguaje ordinario de su tiempo, en el lugar donde crece el poeta. ¿Qué quiere decir con esto? Que el poeta no tiene que reproducir el idioma cotidiano de los suyos pero, en cambio, sí debe buscar ahí la materia de su poesía.
La mirada desobediente se instala en el hogar, a la espera de la revelación de lo pequeño, o convoca el fuego, el calor, el paraíso. La poesía está en todos y en todas partes, solo tenemos que acusar el oído para escuchar su música o enfocar la mirada hacia lo extraordinario, bien en el pasado, o el presente, en los amaneceres de la memoria. Para María Zambrano “la poesía desciende a diario sobre la vida, tan a diario, que a veces se la confunde con ella.”
Escuchar la lengua de los tuyos, separar del ruido la voz que nos llega a través de los tiempos; buscar el silencio y arañar bajo la superficie de las cosas, tras lo que late bajo la capa de las apariencias, nos acerca a una verdad por revelarse. Mirar y esperar con paciencia o entregarse a las visiones de lo desconocido, como sugieren estos versos: “Entre lo que veo y lo que sueño/ Ya no me quedan imágenes/ Solo fronteras y figuras/ Garabatos que ignoro”. Este motivo poético late en versos donde el instante, la liturgia de las horas, los días, la memoria y la espera presuponen la presencia de alguien alerta, del ojo vigilante penetrando la noche o elevando la nota que desgarra el pecho con los melancólicos acordes del violín.
Vigilante el ojo
1
Ahora que amanece
Soy color traslúcido
Me sostengo en el sonido
En la blancura que llega
En el cielo que está claro
Un pájaro solitario pasa
Como una pintura
Enmarca mi ventana
Tras el cristal una flor
Al fin el pájaro se posa
2
A orillas del río
Cual ave del paraíso
El arco iris
Sobre la montaña
Vigilante el ojo
3
Con alas púrpuras
Ungido por la resina del cielo
El pájaro fugitivo
Nos recuerda la pequeñez de los actos
Llama encendida
Prolonga el vuelo
Y como un prófugo
Penetra la noche
[de Descripción del pueblo, libro La mirada desobediente , Madrid 2013]
Liturgia de las horas
A mi abuela Mariela
1
Cautivas en el ajetreo de los mercados
Rostros entre rostros polvo y pájaros
Entre aromas de canela y de azafrán
El maíz amasado por tus manos
Devoradas por el sol de la mañana
Aspirábamos el olor de los naranjos
El frescor de las paredes amarillentas
Donde se enredaban las hojas del jazmín
Luego en la misa de rodillas y absorta
Repetías con fervor
“Ilumine tu luz nuestros ojos
Y tu amor se derrame en el alma
Dame a conocer lo que debo realizar
Dame a conocer lo que debo sufrir”
Yo observaba inquieta las velas derretidas
Los ojos inermes de los santos
La espesa rigidez del cura
Las hostias consumidas con dolor
Horas cuando el tiempo se decretó eterno
Y los sabores se forjaron irrepetibles
Ecos de rezos que eran poemas
Y de poemas que eran plegarias
Sobre la torre de la iglesia suspendida
La campana guarda celosa tu recuerdo
Ahora que sólo quiero vislumbrar tu cara
Y que tu voz no volveré a escuchar
2
Verte niña oh abuela
Abrazada a tu madre
Sobre las piedras del río
Las hojas aún brillan
En el claroscuro del cielo
Bajo la sombra de la higuera
Como un sol me deslumbra tu recuerdo
[de Descripción del pueblo, libro La mirada desobediente , Madrid 2013]
Adriana Hoyos (Bogotá, 1966) ha vivido a medio camino entre Latinoamérica y Europa. Nacida en una familia de músicos, desde pequeña se instruye en el arte del violín; luego viaja a Barcelona, donde aprende de soledades y desarraigos. En Sabadell, salta de unas primeras lecturas reveladoras (Lorca, Neruda), en su casa, a otras tan vanguardistas como precoces (Gimferrer, Mallarmé, Eliot), en la escuela. Ya mayor de edad, vuelve a Bogotá y se hospeda durante varios meses en un pequeño hotel del centro histórico y bohemio de la ciudad, mientras hace parte de la Orquesta Sinfónica Juvenil y sobrevive impartiendo clases de violín. En busca de equilibrio, asiste a cursos de literatura en la Pontificia Universidad Javeriana, pero el caos capitalino y la nostalgia la reconducen a España. En Barcelona se desenvuelve como técnico ocular en la clínica de su tío, eminente oftalmólogo. Se obsesiona entonces con las miradas insondables, extraviadas, sutiles, cambia el foróptero por las cámaras y estudia cine. Realiza varios cortometrajes como directora hasta que junto a una mirada amorosa arriba a Madrid, donde se dedica a la gestión cultural. Funda la productora La Huella del Gato, orientada a la publicidad y al desarrollo de proyectos fílmicos, y crea el festival Visual Cine Novísimo, que tras sus doce ediciones se consolida como la plataforma de exhibición y promoción audiovisual más destacada en la Comunidad de Madrid. Entonces retoma su pasión por la escritura, y publica La torre sumergida (2009). La mirada desobediente es su segundo libro de poemas.

